Un café frío y amargo

Juanjo Conejo

El café ya estaba frío, demasiado tiempo pensando sobre qué tema escribir. Su gato, al que llamaba Desilusión, no dejaba de maullar a sus pies. Arrugó por tercera vez la hoja de papel y la lanzó a la papelera, no había nada nuevo bajo el Sol, la historia se repetía una y otra vez, era el perro de siempre con diferente collar. Crisis económica, corrupción política y desigualdad social, temas de actualidad tan viejos como la Tierra. El pez grande se come al pequeño, los más desfavorecidos no tienen las mismas oportunidades que las clases privilegiadas para acceder a la formación universitaria, ancianos abandonados como animales en residencias geriátricas, ciudadanos que pierden sus viviendas tras toda una vida de trabajo. El escritor dio un sorbo al café, no le importó que estuviera frío y amargo, la vida también es así, y solo una esperanza (casi siempre imposible) nos da cada día la fuerza suficiente para seguir adelante.

 


Tomó otra hoja de papel, se olvidó de la tecnología, y en su vieja y ruidosa máquina de escribir retomó sus principios del pasado. Escribiría sobre la supremacía del amor, un valor a la baja en un mundo dominado por la codicia, un planeta de color azul donde cada día por el Este nace el Sol de la indiferencia. En su lucha por los altos ideales no le importaría quedarse solo, estaría dispuesto a morir por alzar esa bandera que a todos asusta, la verdad. Se miró al espejo, sonrió, a pesar de ver en su rostro las huellas de tantos años perdidos, de vivir como una oveja más del rebaño, balando mientras caminan todas hacia el mismo lugar. ¿Qué hay de andar los caminos que nadie pisó, de navegar por los mares de un sueño llamado libertad? Hay tinta en los tinteros gritando contra la injusticia, pero no hay plumas valientes dispuestas a denunciar. La verdad se vendió al mejor postor, y esta quedó silenciada mientras un gato llamado Desilusión sigue maullando a los pies. Café frío, café amargo, el tiempo corre para todos, pero aún hay tiempo de luchar.

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